En febrero de 1997, Ana y Josef abrieron Destino con una idea simple: un sitio donde cenar tapas sin complicaciones, frente a la iglesia de Sant Josep, en el pueblo de toda la vida.
No había carta extensa ni decoración pensada para fotos. Había cocina hecha con ganas, producto del mercado y trato de casa. Eso fue suficiente para que la gente volviera. Y siguiera volviendo.
En 2005, Claudio tomó el relevo. Mantuvo el alma del sitio — la cocina sin pretensión, el ambiente familiar, la honestidad en el plato — y le añadió su propia visión: recetas que viajan, platos que sorprenden, y una carta que cambia porque la cocina viva no se puede plastificar.
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